Turismo Paralelo
Caminar por Estocolmo,
andar por ahí, me hace pensar todo el tiempo en que yo estoy de paso. Los
hombres y las mujeres muy altos, blancos, monos, de cuerpos delgados, apenas
sonríen reconociendo mi “ajenidad”. Todos estamos cubiertos hoy de pies a
cabeza con botas, bufandas y abrigos, porque amaneció helando. Ayer en la tarde
salí de mi Bogotá hostil y lluviosa y hoy amanecí aquí, sin saber una palabra
de sueco, pero con ganas de escapar del infierno de asfalto en el que se
transforma la ciudad que habito, cuando ya siento que no tolero más su aire.
Camino con un morral, una cámara fotográfica y un mapa de la ciudad que me
dieron en el hotel. Turista total.
En
las calles hay muy pocos carros de transporte privado; todas las personas
caminan o toman el tranvía, el bus o el subway. Me subo al bus y nadie me pide
el tiquete del pasaje: y yo esperando en qué momento se acerca alguna persona
encargada a pedirme que le muestre la prueba
de que tengo derecho a estar allí. Nada de eso pasa. Todos tan tranquilos
y desprevenidos con el que tienen al lado, y yo pensando que ahora estaría en
Bogotá cuidando de las cremalleras de mi morral y mirando a la persona que
viaja a mi lado, con cierta suspicacia. Por lo visto acá no hay infierno.
El
bus se detiene en el paradero del Museo de Arte Moderno: durante el día algunas
personas me dijeron que debía visitarlo, que la exposición que tenían ahora,
era impresionante. Y resulta que desde la entrada, al lado de la puerta del
museo, como si se tratara de su guardiana, de la vigilante de su obra, de ella,
encuentro erguida a la gran estructura de araña construida por Louise
Bourgeois. Recuerdo el nombre del animal: “madre”, y no entiendo por qué
sonrío. Al lado de ella – de la araña-, siento que debo mostrar respeto,
entender que es más grande que yo, que su estructura me puede agarrar y
envolver, que si pretendo dañarla ella me atacará primero. No hay salida.
Me
apresuro a entrar al pabellón de la exposición como si quisiera más de ella. Y
me encuentro con que la artista propone un viaje que siento que reconozco: la
mujer que se va de la casa con una maleta y abandona todo cuando ya no aguanta
más, la mujer-casa: un dibujo del cuerpo de una mujer que en vez de rostro
tiene varios pisos de una vivienda repleta de enseres domésticos para hacer
oficio. Me encuentro con una propuesta de envolturas-cuerpo de mujeres cosidas
con diferentes telas e hilos en las que se resaltan las caderas, los senos, el
pubis. Están expuestas y parecen llamar a la mano para ser acariciadas, para
que toque y entre. Todas sin rostro. Y después me encuentro con el cuerpo de la
mujer enjaulado, rodeado de barras de metal que no la dejan salir. Y ante tanto
cuerpo femenino cosido, roto, reparado y expuesto, empiezo a sentir el mío que
quiere ya salir del recinto. Cruzo mi mirada con una mujer sueca y las dos nos
vemos sorprendidas. Sonreímos, seguramente por alguna especie de complicidad,
de encontrar allí un referente que nos habla a las dos. Seguimos caminando
juntas y comenzamos a buscar la Salida; vemos la puerta y nos apresuramos hacia
ella. Pero antes de llegar, el último mensaje de la artista: una especie de
cuadro-pañuelo que escrito en algún tejido de crochet, enuncia la siguiente
frase: “Yo he estado en el infierno y volví. Y déjame decirte, fue maravilloso[1]”.
O sea que también encontré el infierno en este país helado. Ya solo quiero
caminar de nuevo por las calles y respirar el aire libre.
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