domingo, 4 de febrero de 2018



Turismo Paralelo
Caminar por Estocolmo, andar por ahí, me hace pensar todo el tiempo en que yo estoy de paso. Los hombres y las mujeres muy altos, blancos, monos, de cuerpos delgados, apenas sonríen reconociendo mi “ajenidad”. Todos estamos cubiertos hoy de pies a cabeza con botas, bufandas y abrigos, porque amaneció helando. Ayer en la tarde salí de mi Bogotá hostil y lluviosa y hoy amanecí aquí, sin saber una palabra de sueco, pero con ganas de escapar del infierno de asfalto en el que se transforma la ciudad que habito, cuando ya siento que no tolero más su aire. Camino con un morral, una cámara fotográfica y un mapa de la ciudad que me dieron en el hotel. Turista total.
En las calles hay muy pocos carros de transporte privado; todas las personas caminan o toman el tranvía, el bus o el subway. Me subo al bus y nadie me pide el tiquete del pasaje: y yo esperando en qué momento se acerca alguna persona encargada a pedirme que le muestre la prueba  de que tengo derecho a estar allí. Nada de eso pasa. Todos tan tranquilos y desprevenidos con el que tienen al lado, y yo pensando que ahora estaría en Bogotá cuidando de las cremalleras de mi morral y mirando a la persona que viaja a mi lado, con cierta suspicacia. Por lo visto acá no hay infierno. 
El bus se detiene en el paradero del Museo de Arte Moderno: durante el día algunas personas me dijeron que debía visitarlo, que la exposición que tenían ahora, era impresionante. Y resulta que desde la entrada, al lado de la puerta del museo, como si se tratara de su guardiana, de la vigilante de su obra, de ella, encuentro erguida a la gran estructura de araña construida por Louise Bourgeois. Recuerdo el nombre del animal: “madre”, y no entiendo por qué sonrío. Al lado de ella – de la araña-, siento que debo mostrar respeto, entender que es más grande que yo, que su estructura me puede agarrar y envolver, que si pretendo dañarla ella me atacará primero. No hay salida.
Me apresuro a entrar al pabellón de la exposición como si quisiera más de ella. Y me encuentro con que la artista propone un viaje que siento que reconozco: la mujer que se va de la casa con una maleta y abandona todo cuando ya no aguanta más, la mujer-casa: un dibujo del cuerpo de una mujer que en vez de rostro tiene varios pisos de una vivienda repleta de enseres domésticos para hacer oficio. Me encuentro con una propuesta de envolturas-cuerpo de mujeres cosidas con diferentes telas e hilos en las que se resaltan las caderas, los senos, el pubis. Están expuestas y parecen llamar a la mano para ser acariciadas, para que toque y entre. Todas sin rostro. Y después me encuentro con el cuerpo de la mujer enjaulado, rodeado de barras de metal que no la dejan salir. Y ante tanto cuerpo femenino cosido, roto, reparado y expuesto, empiezo a sentir el mío que quiere ya salir del recinto. Cruzo mi mirada con una mujer sueca y las dos nos vemos sorprendidas. Sonreímos, seguramente por alguna especie de complicidad, de encontrar allí un referente que nos habla a las dos. Seguimos caminando juntas y comenzamos a buscar la Salida; vemos la puerta y nos apresuramos hacia ella. Pero antes de llegar, el último mensaje de la artista: una especie de cuadro-pañuelo que escrito en algún tejido de crochet, enuncia la siguiente frase: “Yo he estado en el infierno y volví. Y déjame decirte, fue maravilloso[1]”. O sea que también encontré el infierno en este país helado. Ya solo quiero caminar de nuevo por las calles y respirar el aire libre.   



[1] “I have been to hell and back. And let me tell you, it was wonderful”.

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