domingo, 21 de enero de 2018


El Ruletista, de Mircea Cartarescu


 El Ruletista tenía un nombre, nos dice el escritor; pero ya nadie se acuerda: se llamaba el Ruletista para todos. Nos advierte que él lo conoció, que era un hombre real y que respiró su mismo aire: en este relato, en el que ya no se ocupará de personajes de ficción -eso nos dice que se propone-, nos narrará la vida de este hombre.  El ruletista jugaba precisamente con un arma a la ruleta rusa: este juego era practicado por otros hombres también, pero poco a poco su fama fue convocando más personas a su alrededor porque él iba transformando las reglas básicas del juego: de usar harapos para vestirse, el acontecimiento incluía trajes más formales; de llevarlo a cabo en bodegas baratas, ocupó el lugar de clubes y salones más sofisticados, de disparar el arma apuntando a su sien frente a pocas personas, la acción ahora era programada con fecha y hora para que el público cada vez más numeroso pudiera estar presente. Al principio, tan solo una cámara del arma estaba ocupada con la una única bala; en las sesiones siguientes, el ruletista anunciaba que ahora dos cámaras del arma estarían ocupadas, tres cámaras del arma, cuatro, cinco, seis cámaras del arma, todas las cámaras del arma. ¿Cuál era el espectáculo que estaba proponiendo? 

Algo acontecía en cada una de las sesiones en las que el ruletista se encontraba frente a su público: después de que alguien revisara que el arma estaba cargada correctamente, él apuntaba a un costado de su cabeza. Después de disparar, caía: el click del arma se escuchaba salir de una cámara vacía, pero el ruletista caía: su cuerpo se desplomaba, se golpeaba, padecía una especie de desmayo, de agonía que lo incapacitaba por días y lo llevaba a mantenerse recostado. Él se propiciaba una y otra vez una caída, una especie de muerte producida por él mismo que de ninguna forma era fallida; se trataba en todos los casos de una muerte que se escenificaba una y otra vez. Una vez recuperado de la caída-muerte, convocaba de nuevo el juego alrededor de él. ¿Ocurriría alguna vez la muerte real? ¿Existiría la muerte real? 

Es entonces cuando el escritor de la historia del Ruletista nos recuerda que este hombre vive en la ficción, que seguramente su historia vivirá por siempre porque ahora ha sido contada, como el escritor que escribió sus recuerdos de aquel hombre que se caía/moría y que tampoco nunca morirá. O como usted amigo lector, o como yo, que al final de cualquier domingo, se me ocurre que tengo que contar que leí la historia del Ruletista y que ahora el y yo existimos.






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